Un laberinto (del latín labyrinthus, y este del griego λαβύρινθος labýrinzos) es un lugar formado por calles y encrucijadas, intencionadamente complejo para confundir a quien se adentre en él.
la primera representación conocida de un laberinto de éste tipo, se encuentra en una tablilla de Pilo y también la encontramos, como sello, en las tumbas del antiguo Egipto. Los laberintos de forma redonda o circular, aparecieron a fines del siglo VII A.C. en la Italia etrusca; más tarde, los encontramos en las monedas de Cnosos, a finales del siglo III y se cree que eran usadas como mapa del célebre Laberinto de Creta
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Interpretaciones modernas del laberinto griego
En tiempos recientes el mito del laberinto ha sido transformado en una obra teatral en la cual se explora las nociones de las habilidades del hombre para controlar su propio destino.
El escritor argentino Jorge Luis Borges, estaba fascinado con el concepto del laberinto y lo utilizó muchas veces en el desarrollo de sus cuentos. El uso literario que este escritor le dio al tema ha inspirado a gran cantidad de otros autores en el mundo, como por ejemplo a Umberto Eco (en El nombre de la rosa).
Significados culturales
El significado cultural y la interpretación del laberinto como símbolo es muy rico. En la prehistoria los laberintos dibujados en el piso servían quizá como trampas para los espíritus malevolentes o más probablemente como rutas definidas (coreografías) para danzas rituales. En varias culturas el laberinto también es asociado a ritos de iniciación que implican la superación de alguna prueba.
Durante la época medieval el laberinto teocéntrico simbolizaba el duro camino hasta Dios con una sola entrada (el nacimiento) y un centro claramente definido (Dios).
En el Renacimiento los laberintos pierden el centro: la persona en el laberinto es el centro, un reflejo de las enseñanzas humanistas antropocéntricas.
Por último, hoy los laberintos se mueven a diferentes estratos de la realidad: internet, con sus característicos hipertextos, es un buen ejemplo.
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Tipologías laberínticas.-
Un laberinto es una serie de corredores que se entrecruzan entre sí y puede ser representado por líneas, los corredores y puntos, los nudos o encrucijadas. El tipo más simple de laberinto es el constituido por un corredor que une dos nudos cerrados cada uno en un extremo. Este laberinto se denomina unicursal y tienen un único modo de recorrerlo : ir hasta el final del corredor y volver al inicio. Este tipo de laberinto admite muchas posibilidades según se pliegue sobre sí mismo el único corredor que lo constituye. El segundo tipo de laberinto es el árbol que presenta una estructura ramificada, que concluye en nudos ciegos que exigen volver por el corredor por el que se ha llegado a ellos. Por último, tenemos laberintos con ciclos (rizomas) que nos permiten volver sobre nuestros pasos recorriendo los corredores una sola vez. La complejidad de los ciclos se puede medir por el número ciclomático, número de los corredores de enlace que dan lugar a los ciclos o corredores que hay que eliminar para convertir el laberinto cíclico en arborescente.
Sobre los laberintos arborescentes se pueden definir algunos teoremas, uno de los cuales afirma: “Todo camino cerrado dentro de un árbol pasa dos veces por cada corredor, una en cada sentido” y otro: “Todo árbol tiene un corredor más que el número de sus nudos”. Basándose en estos teoremas se puede definir la denominada REGLA DE TESEO según la cual “En un nudo se debe tomar preferentemente un corredor no recorrido todavía y sólo como último recurso el corredor por el que se llegó al nudo a través del cual se abandona definitivamente dicho nudo”.
Significados religiosos del laberinto
La figura del laberinto puede emplearse como metáfora de la vida humana, en tanto que camino dificultoso hacia la salvación, y así aparece en la figura cabalística denominada ‘laberinto de Salomón’, que consta de diversos círculos concéntricos partidos en algunos puntos de forma que describan un camino tortuoso que simboliza la vida del hombre en la tierra sometido a continuas pruebas e incertidumbres y que concluye en la muerte como la última casilla, la casilla vencedora. El mundo se presenta como la obra de un sabio constructor (Dios, la Naturaleza, el Destino) el cual ha erigido una estructura que se presenta al hombre, viajero o explorador, como ininteligible, como una serie concatenada de pruebas que debe superar y de problemas que debe resolver y que tiene un premio al final. En algunas iglesias medievales se han construido laberintos generalmente en el pavimento con mosaicos con el objeto de que los fieles los recorran, incluso de rodillas, para rememorar el camino del Calvario, metáfora a su vez de la vida del cristiano en su difícil camino hacia la salvación.
Estos laberintos que según algunas interpretaciones servían también para que los penitentes llevaran a cabo de forma simbólica las peregrinaciones que por algún motivo no podían efectuar en la realidad.
El laberinto como símbolo del devenir
Según G. Deleuze, el laberinto es una imagen que Nietzsche utiliza frecuentemente. En primer lugar, para simbolizar lo inconsciente para cuya exploración necesitamos un hilo conductor. En segundo lugar, el laberinto se refiere al eterno retorno, laberinto circular y selectivo. Por último, el laberinto simboliza el devenir, la afirmación del devenir, afirmación doble ya que mientras que Ariadna estuvo con Teseo el laberinto se abría hacia los valores superiores, morales, hacia lo negativo y el resentimiento (Teseo es el hombre superior).”Somos particularmente curiosos en explorar el laberinto, no nos esforzamos en entablar conversación con el señor Minotauro del que se explican cosas tan terribles, ¿qué nos importa vuestro camino que sube, vuestro hilo que nos lleva fuera, que lleva a la felicidad y la virtud, que lleva hacia vosotros?…¿Podéis salvarnos con ayuda de ese hilo?… os lo rogamos encarecidamente ¡colgáos de ese hilo!” . El hilo de Teseo no le sirve a Nietzsche quien piensa con razón que el problema del laberinto no es la salida sino el centro: el enigma que se oculta en el centro del laberinto: el Minotauro. Sólo cuando Dionisos confía a Ariadna su secreto se descubre que el laberinto es el propio Dionisos, y el hilo que permite salir del mismo es la afirmación. El ser no es más que el devenir, sólo hay ser del devenir, el único ser es el del laberinto del devenir, un devenir que se muestra como múltiple, diferente, azaroso: “El devenir es el ser, lo múltiple es lo uno, el azar es la necesidad” como nos recuerda Deleuze, pero lo que deviene es la diferencia como tal, es decir, el eterno retorno.
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… el laberinto posee un actualidad atrayente como el abismo, el remolino de las aguas y todo lo similar. Sin embargo, según Waldemar Fenn, ciertas representaciones de laberintos circulares o elípticos, de grabados prehistóricos, cual los de Peña de Mogor (Pontevedra), han sido interpretados como diagramas del cielo, es decir, como imágenes del movimiento aparente de los astros. Esta noción no contradice la anterior, es independiente de ella y hasta cierto punto puede ser complementaria, pues el laberinto de la tierra, como construcción o diseño puede reproducir el laberinto celeste, aludiendo los dos a la misma idea (pérdida del espíritu en la creación, “la caída” de los neoplatónicos y la consiguiente necesidad de encontrar “el centro” para retornar a él)
El laberinto es el símbolo de gran fuerza en todo el mundo. Los primeros ejemplos se encuentran en la cuenca del mediterráneo. Los laberintos simbólicos más antiguos suelen adoptar la forma de piedras talladas cuya datación resulta difícil, las de Pontevedra (España) pueden remontarse al período del 900 al 500 a.C.C., y las de Vl Camonica (Italia), al del 750 al 550 a.C. Un laberinto tallado a la entrada de una tumba en Luzzanas, Cerdeña, puede quizás remontarse al 2500 o 2000 a.C., si es realmente contemporáneo a su tumba y no tallado con posterioridad.
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Está claro que el símbolo del laberinto guarda estrecha relación con la muerte, como lo atestiguan la tumba del rey Porsenna y la de Luzzanas. Los laberintos circulares son similares a las espirales que aparecen grabadas en muchas tumbas prehistóricas, como el espiral triple de la galería funeraria de Newgrange, Irlanda.
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Es posible que los laberintos fueran mapas del mas allá, para que el alma en tránsito supiera qué camino seguir. En tal caso serían símbolos de la muerte, pero de igual forma podrían haber simbolizado la reencarnación, pues si el alma es capaz de llegar al centro del laberinto, puede también volver a la salida y renacer.
Ciertos rituales muestran una clara relación del laberinto con la muerte y el renacimiento.
En algunos sitios, el diseño del laberinto se ha utilizado como talismán mágico para la buena suerte; estos diseños fueron empleados como protección ante los espíritus malignos o los lobos: es posible que algunos de los laberintos más antiguos que aparecen en sellos y en tejas, por ejemplo, se utilizaran también como protección.
Cuando los cristianos adoptaron el laberinto, adaptaron su significado a las necesidades de la religión transformándolo en el camino de salvación. La utilización más antigua en un contexto cristiano es, probablemente el laberinto grabado en el pavimento de una Iglesia de Argelia, actualmente conservado en la catedral de Argel, se remonta al siglo IV d.C, en el centro muestra una inscripción con las palabras SANCTA ECLESIA, repetidas en un gran diseño cuadrado.
Algunos autores interpretan estos trazados como un emblema del camino hacia Jerusalén; otros creen que servían para efectuar peregrinaciones, recorriendo los fieles descalzos o de rodillas, las líneas marcadas en el suelo, en compensación de alguna ofrenda de peregrinación que por cualquier causa no pudieran realizar.
Para Jantzen (1959/p.92, 93):
“Los constructores de las catedrales clásicas utilizan las más monumentales de las firmas para dar a conocer su participación descollante en la obra: es la forma del “laberinto” que se inscribe en el piso de la nave central.[…] Algunas veces se ha supuesto que los giros del laberinto también pudieran tener un sentido místico, pero lo ignoramos. En los laberintos originalmente inscritos en la nave central de Reims y de Amiens, tal como ocurre en Chartres, figuraban los nombres de los maestros constructores que habían participado en la construcción de la catedral. Sabemos que el laberinto de Reims estaba formado por la figura geométrica de un cuadro biselado, cuyos caminos interiores se dirigían a un octágono central, figura que se repetía en los extremos de sus diagonales. En estas figuras de las esquinas se inscribían los nombres y el sello de los maestros del siglo XIII.
Al contrario Charpentier (1973/p.241) afirma que:
“Se ha hablado mucho de simbolismo a propósito de esos laberintos. Y esta fuera de duda que sea un símbolo alquímico, pero no puede dejarse de notar que el laberinto de Chartres (como tampoco el de Amiens o, antaño, el de Reims) no es, hablando con propiedad, un laberinto, en el sentido en que es imposible extraviarse en él, pues no tiene mas que “un camino” que conduce al centro.
[…] Lo cual indica que se tiene especial empeñó en que las gentes que se encaminan por el “dédalo” sigan por un trazado determinado; que recorran un camino y no otro. Y ese camino debía ser recorrido a un ritmo, según un ritual.
Pero el caminar ritual y no es caminar; ¡es danza!
El laberinto es un camino de danza escrito en el suelo. Es una aplicación razonada de las virtudes de la ronda.
Reflexionemos. Nos encontramos en un lugar que ha sido escogido para la utilización por el hombre de una corriente telúrica que aflora, y que debe tener sumas analogías con las corrientes magnéticas. Ahora bien, es un resultado bien conocido de las corrientes magnéticas que todo cuerpo en movimiento en los campos de esas corrientes adquiere propiedades particulares. Es, incluso, el modo como se fabrica la electricidad, haciendo girar un rotor en un campo magnético, natural o artificial.
[…] Hacer girar a un hombre, de forma determinada, en un campo, será provocar en ese hombre acciones determinadas.
[…] El hombre llegado al centro del laberinto, tras haberlo recorrido ritualmente, tras haberlo “danzado”, será un hombre transformado y, que yo sepa, en el sentido de una apertura intuitiva a las leyes y armonías naturales; a las armonías y a las leyes que él quizás no comprenderá, pero que sentirá dentro de sí, de las que se sentirá solidario y que serán para él el mejor test de verdad, como el diapasón es el test del músico”.
Fulcanelli (1974/p.59) resume ambas posiciones cuando afirma que:
La imagen del laberinto se nos presenta, pues, como emblemática del trabajo entero de la Obra, con sus dos mayores dificultades: la del camino que hay que seguir para llegar al centro (donde se libra el duro combate entre las dos naturalezas) y la del otro camino que debe enfilar el artista para salir de aquel. Aquí es donde se necesita el hilo de Aridna, sino quiere extraviarse en los meandros de la obra y verse incapaz de salir.
Encontramos la presencia de los laberintos en muchos otros casos mas allá de toda implicación simbólica. En la Inglaterra del siglo XII aparecieron en los jardines como elementos decorativos o lúdicos; inicialmente se pusieron de moda los jardines con laberintos sencillos, pero poco a poco se fueron complicando hasta tomar formas mas intrincadas, y sus caminos terminaron flanqueándose de setos de boj, recortados primorosamente.
La forma laberíntica está fuertemente arraigada en la psiquis humana. Las ciudades de todas las civilizaciones y tiempos parecen conformar grandes laberintos. Si vemos las plantas de Tenochtitlan, de la Roma Imperial, los Burgos Medievales o las grandes metrópolis contemporáneas, inmediatamente sentiremos las herencias legada por los símbolos ancestrales a la cotidianidad del hombre, que consciente o inconscientemente busca relacionarse de forma efectiva con su entorno a través de ellos. Presente en los lugares mas dispares, sentimos la presencia del laberinto en las piedras de Stonehenge, en los Mandalas antiguos o los amuletos celtas, sin poder determinar exactamente su significado u origen.
El mito del laberinto está en lo más profundo de la naturaleza humana. En el origen de los tiempos, perdida ya la facilidad del instinto animal para encontrar los caminos de la Naturaleza y afrontar sus peligros, el hombre creó el arquetipo del laberinto que aparece en leyendas mitológicas y ritos religiosos, de numerosas culturas antiguas y primitivas a lo largo y ancho del mundo, reflejo del miedo ancestral y de la desorientación que el ser humano experimentó ante la naturaleza hostil y, como ser racional, también y fundamentalmente, miedo ante la vida.
En todas las culturas el laberinto está compuesto por un espacio perfectamente definido, de calculada geometría, pero engañoso por sus múltiples posibilidades y por la similitud de los elementos que lo conforman. El laberinto recrea la variedad infinita de los bosques en su monótona similitud, los enredos de los senderos de las montañas, las vueltas y revueltas de lo desconocido, las estrellas del firmamento, que son a un tiempo ayuda y desvío de los navegantes, y para la que el hombre, sin embargo, encontró el orden absoluto e intrincado en el laberinto de las constelaciones.
El laberinto es también y quizás más que ninguna otra cosa, símil perfecto de la vida misma, con sus posibilidades, sus riesgos y su orden íntimo y sutil, para cuyo tránsito cuenta el ser humano con los escasos hilos de Ariadna.
El laberinto, al contrario que la naturaleza, o que la vida, se cierra en sí mismo, es abarcable, está hecho por el hombre como un teatro del mundo, y es en su centro donde se haya la respuesta, el mecanismo del sistema para hallar el tesoro, o la salida o la libertad.
El laberinto es, con todos sus pasadizos y vueltas, el resumen de las preguntas primordiales: ¿Cuál es el sentido de la vida?, ¿Cómo puede el hombre traspasar la muerte? Y es, también, la manifestación material de una búsqueda espiritual, aquella que trata de formar una unidad con el universo.
http://vereda.saber.ula.ve/mirabilia/laberin.htm
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El cuerpo humano como laberinto
24 de septiembre de 2005 | Alojado en: Laberintos | 14 Comentarios
Durante al siglo XVI, existió en Padua (Italia) un arquitecto aficionado a los laberintos. Se llamaba Francesco Segale, y en su búsqueda de nuevos diseños laberínticos trazó complejos caminos en el interior de variadas figuras. Quizás una de las más representativas sea la del cuerpo humano. La carga simbólica de éste tipo de laberintos es escasa, ya que se basan únicamente en buscar la salida por el camino más corto. Aún así, me pareció interesante mostrarlo. La entrada se encuentra en el cabello y la salida en los genitales.

Y yo digo…
Uno diseña su propio laberinto
y crearás tantas historias como caminos pruebes…
serán líneas infinitas, con palabras infinitas…
hasta qu encuentres tu destino o tu respuesta o tu fin.
